“Es una gran virtud del hombre sereno oír todo lo que censuran contra él, para corregir lo que sea verdad y no alterarse por lo que sea mentira” (J.W. Von Goethe).
Cuántas veces hemos escuchado a alguien decirnos “No te molestes, te lo digo por tu bien”. ¿Estamos acostumbrados a que los demás opinen de nosotros? La verdad es que la mayor parte de las veces no, dado que tendemos a asociar la crítica con la ofensa, cuando no siempre es así. Con la finalidad de no llevarnos a confusión diferenciaremos entre Críticas Constructivas y Críticas Destructivas.


La crítica en si misma es un juicio o valoración que se hace de las cosas o de alguien, fundamentado en unos principios y criterios determinados. La intención puesta en la emisión de la misma es lo que hará que determinemos si se trata de una crítica constructiva (buscando la mejora personal) o destructiva (buscando el menosprecio), pero no sólo eso, sino que nuestra forma de interpretar el mensaje, sea positivo o negativo desde su emisión, también hará que la vivamos como una posibilidad de mejora o como una agravio.
Lo que diferenciará que una crítica sea catalogada de constructiva o destructiva, según se formula es:
  • La intención con la que se dice.
  • Las palabras que se escogen.
  • La manera de decirlas.
Mientras que la constructiva se preocupa de ayudar a la persona a crecer, la destructiva hace todo lo contrario.
Pongamos un ejemplo de nuestra cotidianidad. Llego a casa tras un largo día de trabajo, estoy tan cansado/a que decido tomarme unos minutos de relajación dándome un ducha caliente. Al llegar al baño me encuentro toda la ropa de mi pareja esparcida por el suelo, se había duchado un rato antes que yo y no había recogido sus cosas. Ante esta situación de incomodidad en la convivencia ¿cómo formularía mi crítica?. Si lo quiero hacer de forma constructiva le diría: “¿te importaría recoger tus cosas del baño que me gustaría darme una ducha por favor?”. En cambio si lo hago en modo destructivo, le diría: “siempre tengo que recordarte que cada vez que uno se ducha, la ropa sucia se lleva a la lavadora. Se te tienen que repetir las cosas mil veces”. En el primer caso he controlado mi impulsividad ante la molestia y me he dirigido a ella en un tono conciliador, por lo que seguramente recogerá las cosas pidiendo una disculpa por el despiste y la cosa se quedará ahí. En cambio en el segundo caso lo más probable es que se iniciase una discusión que aún me comportará un malestar mayor.
¿Podemos aprender a criticar sin ofender? La respuesta es sí. ¿Qué deberemos tener en cuenta?
  • Tener la información suficiente. Somos muy apresurados a opinar, es mejor pararse, informarse bien de todo lo acontecido, para posteriormente emitir el juicio.
  • Debe quedar claro el aprecio. La persona tiene que percibir que se le dice a modo de mejora, y no por el hecho de ser corregido sin más.
  • Estar basada en el respeto. De forma reflexiva exponer la valía de la persona, pese a que no estemos de acuerdo con una determinada cuestión.
  • Expresarla en el momento adecuado. Debemos saber cuando esa persona está preparada para recibirla. Buscar un ambiente calmado siempre será una buena opción.
  • El tono con el que se exponga debe ser amigable. No se trata de imponer, sino de hacer ver al otro que puede que esté equivocado. Para ello es muy importante la entonación que utilizamos al transmitir el mensaje.
  • Estar planteada de manera coherente. Hemos de dejarnos de divagaciones y dar mensajes claros.
  • Siendo consecuentes con nuestra exposición. Lo que le critiquemos al otro no podemos estar haciéndolo nosotros por otro lado, hemos de ser consecuentes con lo que opinamos.
  • El otro tiene derecho a réplica. Al igual que tenemos el derecho de opinar sobre algo con lo que no estamos de acuerdo, la otra persona lo tiene para contestar sobre tal crítica.
Más importante que recibir una crítica constructiva o destructiva, es que reacción tenemos ante la misma. Nuestra respuesta será una u otra en función de una serie de factores:
  • Nuestras experiencias previas.
  • La valoración que hacemos de nosotros mismos: autoestima.
  • El tipo de relación que tengamos con la persona que nos critica.
  • Nuestra estado emocional de ese momento.
  • La intención que le damos a la persona que nos está criticando.
  • La interpretación que hagamos, a través del pensamiento, de la crítica.
Por tanto, por muy destructiva que sea una crítica, si yo no le doy importancia no la viviré como una ofensa. De la misma manera que por muy bien planteada y educada que esté una crítica constructiva, si tengo una mala opinión de la persona que me la está diciendo si sentiré que me ofende.
No debemos confundir las críticas con los prejuicios. Un prejuicio sería una opinión sobre una persona o idea sin conocerla en profundidad. Ejemplos claros los encontramos en los casos de homofobia, racismo, etc. En cambio para poder criticar a alguien es necesario conocer a esa persona o de lo que se está hablando.
Con la intención de sacar un resultado positivo de las críticas recibidas, debemos:
  1. Reconocer que de la crítica se aprende, es esencial para que la experiencia sea lo más positiva posible. El no sentirlo un ataque lo hace todo más fácil.
  1. Escuchar atentamente antes de contestar.
  1. Sintonizar con nuestras emociones. Lo más probable es que sintamos sensaciones como la frustración, la vergüenza, el enojo e incluso la ira. Tratemos de mantener un diálogo interno constructivo que nos ayude a calmar la mente y desviar los pensamientos negativos recurrentes de una manera más saludable. Por ejemplo: me siento terriblemente mal con lo que me está diciendo, voy a mantener la calma y aprender de esta experiencia.
  1. Asumir la responsabilidad de nuestros actos. En toda relación hay una responsabilidad compartida, asumir eso hará que sintamos la opinión del otro como una parte más del proceso de crecimiento personal.
  1. No adoptar una actitud defensiva. Reconocer nuestras capacidades y limitaciones es lo que nos hará alcanzar el equilibrio emocional, hay que perder el miedo a identificar aquellas partes de nosotros que no nos gustan.
  1. Desactivar los filtros de atención. Los filtros son creados por nuestros pensamientos, ideas y sentimientos. Cuando están activos influyen sobre la cantidad y tipo de información que escuchamos. Los más comunes son el de predilección (en las situaciones que desencadenan ira y ansiedad tendemos a escuchar sólo lo que nos interesa), el “quién” (nos impide escuchar lo que se nos dice, porque prestamos demasiada atención a quién nos lo dice), el de los hechos (a veces lo único que escuchamos son los hechos y no prestamos atención a la parte emocional que encierra el mensaje) y el de los pensamientos de distracción (nos vamos constantemente a pensamientos negativos recurrentes que nos impiden mantener una atención óptima en lo que está ocurriendo).
  1. Utilizar afirmaciones de exteriorización. Es importante expresar lo que pensamos y sentimos para que la otra persona nos pueda comprender mejor.
  1. Aplicar la asertividad. Es decir, hablar de lo que se piensa y siente, sin entrar en conductas sumisas ni reproches.
  1. Mostrarnos sensibles a los sentimientos de la persona que emite la crítica.
  1. Resumir las afirmaciones de la otra persona. Esta técnica nos ayuda a verificar la interpretación que hacemos de lo que nos han dicho.
  1. Mostrarnos dispuestos a cambiar. Debemos hacer ver que hay una intención de mejora y que estamos dispuestos a trabajar porque así sea.